lunes 8 de febrero de 2010

Tiempos de síndromes



Es un poco raro que fuera precisamente el desprendido Diógenes el filósofo adjudicado al síndrome del que padece acumulación. A no ser que los que ponen los nombres a los síndromes sean unos cachondos irónicos... Yo de síndromes no entiendo, pero me parece que eso de clasificar conductas, o meter por narices ciertos estilos de vida en el saco de los trastornos psicológicos es injusto, o cuanto menos simplista.

Mi mejor amigo también tenía la casa llena de cosas, hasta arriba. Si bien no llegaba a ser basura, sí tenía millones de trastos inservibles (al menos en un presente inmediato), por todas partes. Todo empezó por culpa de su padre, que a todo le veía utilidad y nada quería tirar. Me imagino que haber vivido tiempos de hambre y guerra, y tener ideales contrarios al consumismo insostenible, hacían mucho.

Además, aquel ambiente diogeniano pasaba desapercibido por el carismático y oscurillo tono de un hogar estancado en los 70: el mismo sofá, los mismos azulejos, los mismos cuadros, las mismas cortinas, la misma cocina, la misma vajilla, el mismo baño..., hasta la misma ropa seguía rondando por aquella casa después de muchas décadas. Es más, alguna que otra camisa de cuadros adquirida por ellos en los 80 había pasado a mis manos en mi época machorrilla de los 90, para volver a ser usada por ellos de nuevo en el 2000, y volver a mis manos ahora que vuelven a estar de moda los cuadros. Pero eso se llama aprovechar las cosas, ¿no?.

La cosa es que, aunque ya estuviéramos acostumbrados a ver la casa así, aquello normal normal tampoco era. Había llegado a acumular por toda la casa un MONTÓN de cacharros y recambios de maquinarias, cientos de tornillos, decenas de latas, tubos, botes, muelles, cuerdas, cubos, tarros de cristal,..., de todo.

Reconozco que a mí me encanta ese rollo. De hecho yo misma soy de las que lo colecciona todo, desde los tornillos o hojas raras que encuentro hasta las conchas o piedras bonitas de la playa. Recojo de la calle todo lo que veo bonito o creo aprovechablea, con la ilusión de poder comprarme un terreno algún día para construir una catedral de esas recicladas. Además, soy casi incapaz de tirar los tarritos de cristal de los yogures, o pasar de largo delante de muebles o juguetes puestos en la basura.

La cuestión es que en casa de mis amigos ya se hacía difícil vivir cómodamente. El padre, para colmo, hasta había dejado de consumir alimentos que él consideraba un lujo. Pero no lo hacía por no gastar, ya que a sus hijos les llenaba la nevera (también de los setenta) con lo mejor. ¿Sería por solidaridad con los que pasan hambre?, ¿sería por ser consecuente con sus ideales? No sé por qué lo hacía, pero rechazaba cualquier comida rica o capricho, y con un cacho de pan duro y el tomate que antes se fuera a poner malo parecía contentarse.

Quizá sí estuviera enfermando de algo, no sé lo que dirían los psicólogos. A mi me da que tenía carencias afectivas, que estaba harto de tanto luchar, y que no le encontraba sentido a su trayectoria vital. Quizá abandonarse de tal modo era su forma inconsciente de revelarse contra la propia vida. ¿También se considerarán enfermas las marujas que coleccionan millones de figuritas de porcelana y fotos de comunión? ¿y las que compran compulsivamente en las tiendas de los chinos o en los centros comerciales? Supongo que será como cuando queremos solucionar la soledad, la tristeza, o estar perdidos a base de lexatines, comida, internet, o sexo compulsivo... No tiene mucho sentido. Está todo tan disfrazado, tan esterilizado y tan planchado que todo lo que huela a vida parece haberse vuelto antinatural...

¿Por qué pensará la gente que voy a enfermar cuando me como una gominola que se me ha caído al suelo, cuando la pulcritud exagerada es lo chungo? ¿por qué huiremos de las personas que duermen en los cajeros, cuando habría que tener miedo a los que trabajan dentro?. ¿De qué sirve tanto ir al psicólogo o el psicoanalista sino para darse una excesiva y egocéntricamente peligrosa importancia a uno mismo? El mundo ha perdido el norte... El otro día, por ejemplo, mi amiga la psicóloga recibió como pciente a una chica preocupada porque a veces estaba triste. Nos ha jodío.

Ahora, hacia el final de sus días, el padre de mi amigo ha tirado todos los trastos, aunque a veces se acuerde de ellos. Ha adecentado la casa, ha puesto pintura de colores en las paredes, muebles nuevos... Yo creo que por fin ha conseguido asimilar que la vida es así, tierna, dura, triste, alegre o difícil. Ha aprendido a dejarse ayudar, a compartir los problemas y las ansiedades. Pero sobretodo parece haber entendido la suerte de que la cosa sea tan simple: la única condición para vivir es esa, vivir.

Eso sí, sigue fabricando los ventiladores o los bastones con desechos de otras cosas, y las boinas con mangas de jerseys viejos; lleva la ropa o los paraguas de los años catapún, y a veces me sigue preguntando por qué no hipoteco aquella chaqueta de cuero de 2ª mano que le regalé en los 90 a su hijo, y que luego pasó a su otro hijo, más tarde al primo, después a mis hermanos, y ahora está la pobre desaprovechada en su armario.

Ays, estoy loca por él.

lunes 1 de febrero de 2010

Ser o parecer


Tengo complejo de tonta. Y no es que me crea inferior o menos espabilada que cualquiera, es que sencillamente soy tonta. Lo peor es que no puedo evitarlo... Todo empezó cuando me dí cuenta desde muy pequeña que siendo así, tonta, era todo más fácil. Hacerme la tonta me servía para engañar a mis semejantes y llevarlos a mi terreno, o que hicieran por mí lo que me daba coraje hacer.

Así fue como empecé a evitar acciones odiosas como los trabajos manuales de la escuela, coser los bajos de los pantalones, liar los porros o arreglar el ordenador. Me importaba bastante poco quedar de inútil con tal de no tener que hacerlo, y quizá esa era la cuestión, que me daba igual lo que pensaran los demás de mí. Lo importante es saber quienes somos, ¿no?.

Luego comprobé que hacerme la tonta también me evitaba discusiones absurdas que sólo sirven para enfadarse o gastar energía. ¿Por qué empeñarse en hacer valer nuestra postura a toda costa bajando del burro al interlocutor? Sobre todo teniendo en cuenta que con el tiempo, según las circunstancias, no es raro que uno acabe tomando la postura contraria. Así que ante una posible discusión aprendí a usar el "bueeno..." y cambiar de tema, o simplemente callar. Me parecía de lo más aburrido rebatir y debatir, si total, somos como Dios nos hizo, y algunos incluso peor...

Pero lo que más me gustaba de hacerme la tonta era que me ayudaba a descubrir de qué calaña eran mis semejantes. Era una táctica infalible. Cuando notaba que alguien intentaba aprovecharse de mi nobleza o de su situación privilegiada, en vez de darme mi sitio y ponerle en el suyo, prefería seguir haciéndome pasar por tonta y descubir así hasta dónde podía llegar.

Por ejemplo, cuando trabajaba de camarera notaba que algunos clientes usaban un vocabulario más elaborado para reírse de nosotros pensando que no los entenderíamos. Yo, aunque los entediera, les seguía el rollo poniendo cara de extrañada. Otras veces directamente nos intentaban hacer ver lo miserable de nuestra vida hostelera, inflándose como pavos reales ante la posibilidad de resarcir sus propios complejos y frustraciones. Angelicos, para qué quitarles la ilusión... Además, si notaban que tenías la suficiente cultura e inteligencia, entonces venían las caras de compasión por haber acabado en semejante escalafón socio-laboral, o las interrogaciones sobre la causa de semejante desgracia.

También me pasaba cuando salía de marcha. Al principio de la noche, aprovechando el comienzo del botellón para charlar con mis amigos antes de que estuvieran borrachos, me gustaba sacar algún tema de conversación más profundo, o animar la conversación haciendo referencias literarias o cinematográficas que vinieran al hilo. Pero en seguida me decían eso de "anda, niña, que estamos de juerga...", y tuve que empezar a hacerme la tonta y limitarme a emborracharme y sonreir. Algo parecido pasaba con los ligues. Alguna vez conocí a algún chico de estos que se creen la leche de listos, atractivos, interesantes y deseados. Esos que tratan a las tías como si fueran cachos de carne sin cerebro, a los que encandilar con cuatro cariñeos para usar de muñeca inflable y luego tirar, a ser posible con la autoestima por el suelo. En esos casos me encantaba hacerme la tonta y ver el rumbo que seguían sus tácticas manipulatorias. Dejaba que pensara que me estaba utilizando cuando en realidad era justo al revés. Luego, cuando se creía que ya tenía a la víctima en el bote, le decía suavemente al oído que esperara mi regreso del baño y me largaba del local.

Desde luego prefería guardar la energía de las discusiones o las defensas de orgullo para invertirla en analizar el comportamiento y la intención del semejante en cuestión. En el fondo era muy divertido, una rara mezcla de curiosidad sociológica, suicidio social y tontuna a la que, por desgracia, me acostumbré. Y me acostumbré al punto de que me daba igual quedar como una gilipollas en cualquier situación, total, con saber yo que no lo era...

Igual me pasó en mi último encuentro desafortunado. Fue con una de mis antiguas supuestas mejores amigas, que pasó de mí de un día para otro por echarse novio. Después de siete años esperando que se dignara a devolverme las llamadas, y de encontrármela un montón de veces por la calle y hacerse la sueca, estaba yo en la fnac el otro día agachada ojeando los libros de arte, cuando alguien me tocó el hombro. La primera visión de unas piernas regordetas y unas manos de uñas kilométricas me hicieron empezar a sudar, pero cuando mi vista acabó por toparse con su careto casi me caigo de culo:

(ella) - Hoooola, Marííííaaaa, ¡cuanto tieeeempooo!
(yo) - Joder, ¡que susto me has dao! 7 o 8 años, ¿no? ;)
(ella) - Quería haberte llamado antes, pero se me perdió tu número.
(yo) - Si, ¿no?
(ella) - Y qué, ¿cómo te ha ido? ¿has visto a alguien de la pandilla?
(yo) - Sí, el año pasado me llamó Bea un día de buenas a primeras, después de 4 o 5 años sin verla, y empezó a contarme todas sus desgracias y las de su familia.
(ella) - Ay, pues anda que yo...no veas. Mi padre murió, y fui yo la que me lo encontré muerto, fue horrible, bla bla bla, bla bla bla.
(yo) - Vaya.
(ella) - Oye, pues, si quieres podemos retomar la amistad...
(yo) - ¿Ein?
(ella) - Bueno, si quieres, que con la cara que has puesto...
(yo) - Nah, mujer, claaaro que quieeero, pero bah, si de todas maneras seguro que no tenemos tiempo...jeje
(ella) - Si,si, mira, podemos quedar los miércoles, que es cuando yo libro.
(yo) - Dime donde trabajas, que ya me pasaré a verte yo.
(ella) - Pero dame tu tlf, que aunque me ha dicho Bea que lo tiene, así lo apunto.

Desde ese día la tía me habrá llamado unas 15 veces, me imagino que para retomar nuestra maravillosa amistad. A veces ni le descuelgo el tlf, otras respondo como si no escuchara nada mientras ella se desgañita, o le cuelgo sin siquiera contestar. Y lo peor es que en realidad me gustaría decirle que es más falsa que mis converze de 9 euros, que si busca alguien a quien comerle la cabeza que se busque un psicoanalista, que antes muerta que con gente así a mi lado y que va a quedar con ella Rita la cantaora. Pero no soy capaz, mi costumbre de hacerme la tonta ha arraigado tanto en mí que sigo sin poder evitarlo. Y seguramente cuando me la encuentre dentro de otros 8 años le diré: uy, es que tenía el teléfono estropeado.

Bueno, el otro día leí en "La elegancia del erizo" que a la protagonista le pasaba algo parecido... Fue todo un alivio comprobar que no soy la única, y ya lo dice el refrán, ¿no? Mal de muchos consuelo de tontos...

¿veis? si es que soy tonta, si ya lo decía yo...

lunes 25 de enero de 2010

La novia de la muerte



Cuando era pequeña me daba pavor salir a la calle tras la lluvia. Todo estaba lleno de caracoles espachurrados -algunos de ellos por mi culpa- y con lo que me gustan esos bichejos no podía asimilar lo absurdo e injusto de su muerte. Por aquel tiempo presencié también la primera muerte humana: la de Paquirri; y mi amiga y yo empatizamos tanto con la Pantoja que convenimos quedar todas las tardes después del cole para ir a llorar un rato, aunque no supiéramos muy bien por qué ni para qué...


Con la muerte de Chanquete sí que empecé a tener motivos para sufrir, ya que -aunque jamás lo confesara- era mi amor platónico. Así que cada verano, cuando llegaba el capítulo fatídico, volvía a sumirme en el masoquismo sentimental y me llevaba de nuevo el peor mal rato del mundo por la sempiterna muerte de mi marinero en tierra.


Mi abuelo se parecía mucho a Chanquete y era la persona que yo más quería del mundo, por no decir la única. El día que murió, siendo yo aún muy jovencita, lo pasé tan tan mal que decidí que debía hacer algo con la muerte, además de no ver nunca más Verano Azul. Poco tiempo antes él mismo había recogido a mi perrilla de la calle, y me angustié tanto ante la posibilidad de que la cachorrita también muriera que decidí vender mi alma o mi felicidad a Hades, Dios, Satanás, o quien demonios mandara en eso: "Porfavor -pedía-, que siempre estemos juntas la perrilla y yo, como si quieres hacernos vampiras. A cambio sacrificaré mi felicidad, mi suerte, mi amor o lo que haga falta".


Y la verdad es que funcionó. Mi perra sigue igual de loca, activa y bonita, y hecha una cachorra, a pesar de sus 18 años, su tumor cerebral y la leishmaniosis. Estoy por apuntarla al guiness de los records o llevarla a la tele.... La cuestión es que quizá deberían llevarme a mí, porque desde que hice aquel pacto, cada vez que intento establecer una relación mas estrecha con alguien, ¡zas! la muerte o la mala suerte aparecen, no falla.


Por ejemplo, poco después del pacto le pedí su ramo de novia a mi tía como agasajo de su unión, y además de perderlo esa misma noche a los pocos meses se quedó viuda. En aquel tiempo, también, tuve la primera cita con mi primer noviete, que acabó en un velatorio. Los dos únicos profesores con los que conecté en el instituto al punto de hacernos amigos acabaron fulminados por un infarto. La única buena amiga que tuve, después de sellar nuestra amistad en nuestra primera fiesta de pijamas, tuvo un accidente y se murió. El día que por fin iba a conocer a mi padre, después de toda una vida esperando, se fue al otro barrio. Mi nueva amiga vecina me dijo el otro día que tiene un cáncer terminal, y mi otro mejor amigo está con una pierna en el otro barrio. Además, pocas veces enciendo la tele, pero cada vez que lo hao sale algún terremoto o tsunami, con miles y miles de muertos. Es de coña.


Lo raro es que la peor parte se la llevan los conocidos de mis parejas. Por ejemplo, durante un verano que viví en casa de mi ex se murieron el vecino de enfrente, el de abajo, su padre, su abuela y su perro, además de la mayoría de los padres de sus amigos. Caían como moscas, era acojonante. Con mi nuevo chico creía que la cosa iba mejor, hasta que esta semana pasada se murió la vecina de abajo y el perro de al lado, y durante el fin de semana, volviendo del cine, nos encontramos con la vecina de enfrente saliendo del portal dentro de una funda.


Sé que es absurdo y egocéntrico, pero no puedo evitar pensar que quizá yo tenga algo que ver con todas esas muertes: ¿Será normal que se me hayan muerto ya tantísimos conocidos y amigos sin tsumanis ni terremotos de por medio? ¿Seguirá jugando el de la guadaña conmigo después de aquel pacto? ¿Se me pegaría el gafe de la Pantoja con tanta empatía?

¿Se habrá enamorado la muerte de mí? Si fuera así podría convertirme en la persona que venció a la muerte enamorándola, y podría demostrar que un bolero es mucho más importante para la historia de la humanidad que la marsellesa, la internacional y todos los himnos con los que bailó hasta ahora.

¿se estará convirtiendo mi perra en vampira? Sea como sea, a no ser que me encierre en casa para siempre, creo que tendré que seguir espachurrando los caracolitos tras la lluvia.

martes 12 de enero de 2010

Lo bueno del aburrimiento


Mi mayor afición desde que tengo uso de razón es meterme en líos, es lo que tiene el aburrimiento. Y yo me aburría mucho, porque mis amigas sólo querían jugar a las barbies o el elástico. Y la verdad, antes que pasar la tarde exactamente igual que siempre, prefería ir a ver si me pasaba algo. Cogía el camino, y a andurrerar por todos los barrios a ver si me perdía o algo. A veces, cuando no tenía mucho tiempo, simplemente me colaba en algún edificio cercano; entraba en los portales, subía las escaleras observando las puertas y los felpudos, miraba los buzones, me daba un garbeo por los jardines... y a casa. La cosa era cambiar de aires.

Cuando me entraba hambre ponía cara de pena pegada al escaparate de alguna pastelería o tienda de barrio, algunas veces me regalaban la merienda. A veces también hacía amigos de un sólo día, les contaba alguna historia rimbombante sobre mí, jugaba con ellos como si los conociera de toda la vida, y luego desaparecía sin dejar rastro.

Cuando me hice mayor me seguía pasando lo mismo, que me aburría soberamente con mis amigos. No sé a quién se le ocurriría la idea de inventar los juegos de mesa, vaya manera de joderme la vida. Cuando quedaba con gente para ir a beber unas cervezas, sacaban el parchís o las cartas. Cuado iba de visita a casa de otra gente, sacaban el puto risk. En casa de la suegra, el bingo. En casa del novio, la play. Y cuando quedaba para salir de marcha con mis amigas, a lo único que les gustaba jugar era a bailar cual zorrillas contoneantes y esperar que se acercaran los moscones. Cuánta originalidad.
Por eso, ya de mayor, preferí seguir con eso de intentar meterme en líos. Al menos era más entretenido, dónde va a parar. Pero como eso de mendigar la merienda y colarme en propiedades ajenas ya no pegaba, empecé a salir sola de marcha. Me bebía una litrona en casa antes de salir, porque me encantaba ver cómo las luces destelleaban más de lo normal, e imaginaba que iba levitando a un palmo del suelo.

Cuando llegaba a un bar me sentaba en la barra como la que espera a alguien. Me pedía una cerveza, le pedía fuego al camarero, "que noche mas buena hace, patatín, patatán". Siempre se acercaba alguien, como no. Si era un tío pasaba, pero si era algún grupillo de amigos/as aprovechaba para hacer amigos de aquellos de un solo día. Unas veces decía que acababa de salir de la cárcel y que era mi primera cerveza después de muchos meses. Otras que tenía un novio gitano muy celoso y me había escapado de casa con lo puesto. Alguna vez fui también una enferma terminal intentando cumplir sus últimos deseos..., de todo. Era una gilipollez, pero la mayoría me creía; ser una chica guapilla con cara de buena ayuda mucho.

Luego, cuando empezaba a aburrirme también de mis teatrillos, volvía a casa, o iba en busca de mi amigas, que seguían zorreando. De todas maneras a ellas no les gustaba demasiado salir conmigo, porque me daba corte bailar como ellas y me quedana tiesa como un palo en medio de la pista de baile mirando a todo el mundo. Aunque casi preferían eso a verme bailar, pues mi estilo era pegar saltos, cuanto más altos mejor, y les daba verguenza. Además intentaban disfrazarme, porque yo pasaba de pintorrearme, y eso de los vestiditos y los tacones no iba conmigo. Para colmo era yo la que siempre se ligaba a todos, así que casi preferían que me fuera a hacer el tonto yo sola por ahí.

De aquellas tardes infantiles y noches adolescentes y juveniles conservo millones de historias que contar algún día a mis nietos o a mi blog, lástima que me haya entrado la autocensura de la madurez. Joe, la última vez que me metí en líos justo justo cumplía los 30. Y justo desde entonces no he vuelto a hacer nada raro, ni una sola vez. ¿Se madura a los 30? Yo pensaba que lo mío ya no tendría arreglo...

Quizá es que el problema estaba, como sospeché desde un principio, en el aburrimiento. Ahora ya no me aburro nunca.... algo habrá que hacer.

martes 5 de enero de 2010

El principio del fin


Siempre he pensado que un nuevo año viene marcado por la forma de acabar el anterior. De ahí que el Fin de Año se haya convertido para mí en algo de gran relevancia y suma importancia, por mucho que me empeñe en decir que es una noche como otra cualquiera.

Un fin de año, por ejemplo, salí con un amigo que decidió salir del armario a los tres cubatas, y el año siguiente lo pasé enterito viendo salir amigos del armario, de ambiente en ambiente, ejerciendo de MariAntonia (la típica amiga de los gays que es usada exclusivamente para tener con quien entrar en las discotecas -que no salir-, y que no se da cuenta del uso de su persona de tanto cubata gratis de los camareros para que sigas llevando ganao).

Al siguiente findeaño, harta de tanta discoteca, ganao y cubatas, opté por pasar de mis amigos y sus fiestones de barra libre a sólo 70 euros para quedarme en casa tranquilita viendo pelis. Que guay me sentía, ahí viendo a Rapahel en pijama, vacilando de soledad buscada, y de quedarme en casa por gusto y afán de tranquilidad. Pues eso, todo aquel nuevo año lo pasé ya no tranquilita, sino aburrida como una ostra porque todos dejaron de llamarme, encerrada siempre en casa viendo una media de 6 películas al día, y más sola que la una. Si es que no se puede hablar...

Desde entonces intento imaginar planes alternativos alucinantes para acabar el año, pero o nadie me sigue el rollo o me veo obligada por las circunstancias a estar con el novio, la familia y el turrón de chocolate. Hasta que un día se me ocurrió que la mejor manera, dentro de mis posibilidades, podría ser empezar el año echando un buen polvete, el del siglo a ser posible. Y me imaginaba ahí sustituyendo las doce uvas por un superorgasmo ultralargo de 12 segundos, de esos coincidentes con la pareja llenos de gritos acompasados, como en las pelis. Pero desde que tengo uso de razón y regla siempre siempre siempre me ha pillado tamponada la Nochevieja. Bueno, me había...

Este año me vino la regla para Noche Buena. De puta madre, el día de cumplir con la familia. Por fin iba a poder empezar un año a campanazo vivo, por eso de seguirlo igual... que a estas alturas de la vida ya he aprendido lo bastante como para estar como los del Mundo Feliz, sobrá con el soma y la orgía porfía.

Así que el otro día, por primera vez en un fin de año, cambié mis bragas de cuello vuelto por un tanga rojo, me armé de una botella enorme de champán del bueno y un tarro nata, y le propuse a mi churri la movida. Encantao de la vida aceptó la idea, lástima que a última hora se me ocurriera mezclar el invento con las tradiciones. En el momento culmen, harto preparados para comer las uvas de la suerte a la par que orgasmear -que no sólo de sexo vive el hombre-, la avaricia rompió el saco. Al encender la tele en el momento justo del principio del fin del año no sólo se rompió el saco, la Belén Esteban también se cargó la libido que llevaba esperando toda la vida disfrutar.

Si es que planear pa ná es tontería. La vida siempre acaba sorprendiendo, y esta vez simplemente cambió los esperados oh my gods por un ataque de risa. Al menos pinta bien...

viernes 18 de diciembre de 2009

Dulce Navidad



Otra vez la Navidad. Otra vez a gastar y gastar en regalos absurdos, cenas con los del spining, con los de la facultad, los del curro, los primos de Cuenca, los amigos del barrio, los de la infancia... qué coñazo. Aunque yo tengo una gran suerte, porque ni voy a spining, ni tengo curro, ni primos, ni amigos en el barrio, y menos de la infancia. Eso si, de la facultad no me puedo librar.

El otro día una de mis profesoras nos instó a llevar a clase patatas, refrescos, polvorones y alguna pandereta; los villancicos los pondría ella. Yo, que -aunque apenas se note- le llevo 10 años a mis compañeros y encima no hablo con ellos más que para pedir apuntes que nunca consigo, no estaba muy convencida de la convocatoria. Pero aún asi, para que luego no me llamen antisocial, preparé una empanada el día antes para unirme a la alegría del populacho.

Al despertar me decía todo el rato "tienes que ir, tienes que ir", "no te quejes tanto y ve". Al final, como era de esperar, acabé sentada en un banco que encontré por el camino hacia la facultad. Estuvo bien, nos comimos la empanada entre un perro callejero, dos viejecicos y yo. La verdad es que los perros y los viejecicos suelen gustarme infinitamente más que los jóvenes de mi facultad, parecen más agradecidos, no me miran raro por no ir a la moda o disfrazada de alguna tribu urbana, y encima me dan conversación.

Eso me hizo darme cuenta de que no es que yo no sea sociable, ni incapaz de dejarme invadir por el espíritu navideño. Lo único que pasa es que me siento más cómoda en situaciones surgidas de forma natural, y no entiendo eso de tener que pasarlo bien por pantalones con gente con la que realmente no tienes ganas de estar -aunque sean tus compañeros o tus familiares-.

En mi casa al menos la cosa suele tornarse un poco deprimente estas buenas y viejas noches. Mi madre se pone de los nervios de tanta cocina y es mejor ni mirarla porque muerde. Mis hermanos sólo aparecen para comer estilo Simpsons y desaparecer por arte de magia. Yo me agarro a la botella de champán para subirme el ánimo e imaginarme que lo estoy pasando que te cagas, mientras intento no votimar de ver tanta comida junta de la que estoy empachada desde noviembre.

Luego toca sentarme frente a mi adorada tele junto a mi madre la histérica y su hermana la borde, que normalmente se llevan a matar pero ese día hacen esfuerzos sobre humanos para sacar la sonrisa navideña y que no se les note el asco que se tienen. En esos días hasta el mensaje del rey es recibido como un soplo de aire fresco en mi salón, al menos durante esos minutos no tenemos que dirigirnos la palabra. En la calle se escuchan petardos, risas, taconeos, teléfonos, timbres por las visitas..., pero a mi casa sólo vienen los de siempre: Raphael, Georgie Dann y Ramón García.

Es entonces cuando llega la hora de irme a la cocina a fregar la vajilla -la buena-, que con eso de que es Navidad mi madre decide usarla enterita. Todas las jarritas, salseras, bandejas, platos llanos, hondos y de postre, y copas para agua, vino y champán, para que se note que tenemos los juegos completos. Pero no me quejo, el fregoteo dura incluso más que el discurso del Rey, y para entonces sólo me resta tragarme dos o tres temazos navideños antes de irme a dormir.

Es todo tan raro, a mi con quien realmente me gustaría estar es con mi chico, pero a él también le hacen chantaje emocional para estar con una familia con la que no le apetece cenar. Támbién me gustaría cenar con dos buenos amigos que estarán solos porque no tienen familia ni amigos con los que estar. O con aquellos viejecicos tan simpáticos del banco y la empanada, o los perros callejeros de mi barrio. Si por mi fuera llenaría mi casa de gente que de verdad tuviera ganas de estar, y realmente supiera disfrutar de una comida especial, hasta montar una cena alternativa surrealista, como Buñuel en Viridiana, que por lo menos estaban animaos...

Pero la vida es así, y la Navidad también, y creo que acabaré como siempre, inflandome de turrón de chocolate porque ya se ha acabado el champán, estoy ciega, y necesito sentir de una puta vez eso que dicen de la dulce Navidad.

lunes 30 de noviembre de 2009

El endurecimiento de la vida


La ilusión de mi vida ha sido siempre irme a vivir al campo. Plantar tomates y patatas, tener un manzano, gallinas y cabras, llevar un pañuelo ochentero en el pelo mientras hago queso como el abuelo de Heidi...

Mi excusa para no hacerlo era, sobre todo, la falta de compañía. Y soñaba con encontrarme el día menos pensado con un idealista compañero que pensase que ser asalariado e hipotecado es malo para la salud, quisiese vivir en el campo conmigo, se negara a usar productos químicos, y tocara la guitarra a la luz de la candela.

Mi nuevo chico me dió la sorpresa el otro día cuando me contó que había intentando opositar a Agente forestal, pues su ilusión era estar lo más cerca posible de la naturaleza. Al rato ya estabamos planeando nuestro futuro hipie:

"Comeremos espaguetis y arroz ¡que son muy baratos!, plantaremos verduras, y haremos algún trueque con huevos y algunas habilidades. Tú ofrecerás clases de guitarra o conciertos en los pueblos cercanos, y yo seguiré intentando que mis decoupages y colgantes de fimo no parezcan tan cutres, mientras termino el libro de fantasía que empecé hace dos años -del que sólo llevo dos folios- con el que pretendo forrarme como la de Harry Potter. Además, nos vamos a adaptar genial a la vida de hipie... los dos somos ya unos horteros, y no nos gustan las discotecas ni las tecnologías. Además, siendo alérgicos a las hipotecas, es la única forma que nos queda de poder vivir juntitos y tener hipitos..."

Cuando volví a casa me dí mi ducha caliente nocturna con aromaterapia, me pasé la epilady, y me eché mis mascarillas del pelo y el cutis mientras me hacía la manicura francesa y pensaba en lo calentita que iba a dormir en mi edredón de plumas ahora que ha llegado el frío. Empecé a recordar todo lo que me gustaba el campo de pequeña, cuando fui a la finca de unos amigos y comí manzanas del árbol, fresas de una especie rara que crecen del suelo, telas de ¡hostia arañas! Recordé un trauma que creía olvidado, de un campamento de verano de 15 días en el que provocaba el estreñimiento con tal de no cagar en aquel boquete en el suelo, y no me duché ni una sola vez porque en las duchas había añaras patudas.

"Hola, amorcito, perdona que te llame a estas horas, espero no haberte despertado...¿tu crees que en el campo ese que vamos habrá muchos bichos? Es que se me había olvidado decirte que me dan mucho asco...Además, he pensado que si ya no dejan ni acampar... ¿tendremos que pedir una hipoteca campestre? ¿Y si luego nos echan abajo la casucha los técnicos del Ayuntamiento por no sobornarles? ¿Y si nadie nos compra los huevos, o sale una gripe gallinar? Además, yo tengo que ducharme por lo menos dos veces al día con agua caliente para ser persona...¿eh?, y ¿donde voy a enchufar mi epilady? Y otra cosa, después de ver tantos crímenes en la tele no pienso vivir allí a menos que pongamos una valla electrificada... Jo, cari, ¿y me acordaré por las noches de La Bruja de Blair?"

Ahora empiezo a pensar que quizá el precio por tener la vida con la que siempre he soñado sea demasiado alto. Echaría demasiado de menos mi edredón de plumitas, mi cuarto de baño de mármol, mis potingues, la pelu, El Diario de Patricia, mi blog...

¿Nadie me dona una finca con granja, chalet y piscina para poder vivir de una vez con mi cari? Qué dura se me hace la vida...